miércoles, 13 de enero de 2010

"amo, Dios mío, tu voluntad"

"En el libro de la Ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón".

Sabemos que el Libro de la Ley es el Libro Sagrado de la Palabra de Dios, allí donde Él ha expresado todo y cada cosa que quiere de nosotros y para nuestra felicidad. El libro Santo, la Santa Biblia, la Palabra de Dios, las Sagradas Escrituras, la Voz de Dios. Acercarnos a este Libro es acercanos a escuchar a Dios. A la Biblia no se la lee, sino que se la escucha. Porque la Biblia no es simplemente una recopilación de textos e historias, sino que es la máxima expresión de la voluntad de Dios, es su Palabra, y es esa Palabra que nos visitó y se hizo uno de nosotros, compartiendo nuestra vida y mostrándonos la vida de Dios. Por eso, es para nosotros sumamente necesario tomar conciencia de la necesidad que nuestra vida tiene de reconocer que la Santa Biblia es para nosotros Palabra de vida. Tiene que ser nuestra luz, nuestra guia, nuestra mejor companía, ya que es Dios mismo que expresa su voluntad.
De este reconocimiento podremos decir, como el salmista, "yo amo Dios mio, tu voluntad"... amo la voluntad de Dios porque la conozco y la conozco porque la escucho y la escucho porque la leo con el corazón atento y en un clima de recogimiento, amor y adoración. amo la voluntad de Dios porque la busco día a día en la meditación de su palabra, escuchándolo con atención. amo la voluntad de Dios porque abro mi corazón a su máxima expresión, la recibo y la asumo como propia. Sabemos que nadie puede amar lo que no conoce, por eso, al contemplar la palabra de Dios diariamente iremos amando más y más su santa voluntad.
Y también podremos decir "tu Ley está en mi corazón". La ley de Dios está escrita en el Libro Santo, está en nuestro corazón por su gracia, pero hay que tomar conciencia de que verdaderamente está. Y al amar la voluntad de Dios amamos su ley y le damos el espacio que merece en nuestro corazón y al darle la importancia que verdaderamente tiene nuestra vida camina en santidad.
Esto es, simplemente, ser santos. Reconocer que la palabra de Dios es su voluntad, amar esa voluntad y llevar la ley escrita en nosotros, de esta manera la santidad de nuestra vida será Libro Santo para los demás, diremos con nuestra existencia lo que Dios quiere decir y lo que Él dice en su Palabra. Seremos Biblias vivas que proclamen que la voluntad de Dios es felicidad para el ser humano.

sábado, 1 de agosto de 2009

SANTIDAD

“Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman... a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó”.
SENCILLAMENTE HERMOSO, sencillamente grande... comienza diciendo una letra de canción... Y eso es hermanos, sencillamente hermoso y grande el propósito de Dios para cada uno. Grande como Él y hermoso como es Él.
Propósito, invitación, llamado, VOCACIÓN... eso es la santidad para nosotros. Un propósito de Dios que desea que sus hijos se le parezcan; así lo dijo Jesús, el Hijo que nos sirve de modelo fiel: "sean santos como vuestro Padre es santo". Ser santos porque Dios es santo tal vez nos parezca una motivación un poco elevada, porque razonablemente Dios es santísimo, porque su esencia misma es santidad. Y si nos miramos a nosotros, pobres criaturas no podemos ver otra cosa que "pobres criaturas"... entonces ¿Cómo ser santos porque Papá Dios es santo? Simplemente, sencillamante, porque Dios es el autor de la santidad.
Nadie se santifica por sus propios medios, somos demasiado débiles para hacerlo, hay demasiada humanidad, demasiada concupiscencia en nosotros para hacer una opción de santidad y llevarla a cabo por nuestras propias fuerzas. La santidad forzada solo produce santidad herniada.
Dios es quien nos santifica, su Gracia actuando en nosotros, su fuerza, su amor, su poder. Él es quien transforma el corazón en uno semejante al suyo, solo Él puede hacerlo. Por eso la santidad es una Invitación de parte de Él. Nos invita a unirnos a Él, para que de esa unidad salgamos totalmente contagiados, transformados en su gloria.
Para alcanzar la santidad es necesario sentirse invitado por Dios; cuando uno es invitado tiene dos opciones: responde a la invitación o la deja pasar. Si elegimos responder a la invitación es cuando realmente nos estamos capacitando para la santidad. Porque le daremos permiso al Señor para que obre en nuestra vida, lo dejaremos actura santamente en nosotros. Al dar la respuesta afirmativa nos acercaremos cada vez más a su voluntad y su voluntad es que seamos santos. Por eso la Santidad es un llamado y es una vocación. Todos, absolutamente todos somos llamados y fuimos formados para la santidad. Fuimos creados en santidad, santidad que perdimos con el primer pecado, santidad que se puede recuperar unidos a Dios y solo a Él.
No hay méritos humanos, es Dios actuando en el hombre que produce santidad. De nosotros depende la respuesta, y es ese el porcentaje ínfimo que ponemos. Podemos participar de nuestro crecimiento en santidad optando, decidiendo ser santos, disponiéndonos a que Dios haga su obra en nosotros. Es un porcentaje tan pequeño el de nuestra parte y sin embargo, tan necesario para Dios. No porque él necesite de nosotros, sino por el respeto que tiene hacia nuestra libertad. Él espera que el ser humano se defina y haga una opción para ser santo como Él. Cuando nos disponemos, Dios, hace lo demás. Y lo hace maravillosamente, grande y hermoso, a su medida.
¿Cómo hacer entonces? Orar... hablar con el autor de la santidad, ponernos de acuerdo con su plan maravilloso y darle permiso para que Él haga su obra.
Dios puede hacer milagros, tiene poder. La santidad es un milagro de su amor.
Nosotros, cuando nos acercamos a Dios, debemos tener en nuestra mente y en nuestro corazón la imagen del pan y el vino que se ofrendan en la Misa. Son frutos pequeños, casi insignificantes, pobres, sencillos que se dejan llevar para la ofrenda. Y Dios, con el poder de su Espíritu, los transforma en el BANQUETE DE SU AMOR. Se hace presente, se hace Eucaristía, alimento, compañía... Y ese mismo poder lo puede usar en nosotros, si nos dejamos llevar como ofrenda, si nos disponemos con sencillez, si nos unimos a la voluntad de Dios. Nos ayudarán las frases de los santos: "solo Dios", "Dios es y eso basta", "basta que Dios sea Dios", "quien a Dios tiene nada le falta"... Ellos pudieron, ellos lo dejaron actuar... nosotros también!
¡Animémonos! Vivamos intensamente nuestra vocación a la santidad, es el único motivo de estar vivos ¡SER SANTOS!
Amén.

miércoles, 15 de julio de 2009

¡ALÉGRENSE HERMANOS!

"Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia. Y la paciencia debe ir acompañada de obras perfectas, a fin de que ustedes lleguen a la perfección y a la madurez, sin que les falte nada. Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que la pida a Dios, y la recibirá, porque él la da a todos generosamente, sin exigir nada en cambio. Pero que pida con fe, sin vacilar, porque el que vacila se parece a las olas del mar levantadas y agitadas por el viento. El que es así no espere recibir nada del Señor, ya que es un hombre interiormente dividido e inconstante en su manera de proceder... Feliz el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman" (Stgo. 1, 2-12)
HERMANOS, ALÉGRENSE. PERO NO UNA ALEGRÍA SUPERFICIAL, UNA ALEGRÍA DE SONRISA COMO QUE "NO QUEDA OTRA". ALEGRENSE PROFUNDAMENTE. ALEGRÍA INTERIOR QUE NO QUIERE DECIR RISAS O CARCAJADAS, ESO ES EXTERIOR, SINO ALGRÍA DEL ALMA... YO LO TRADUCIRÍA "PAZ Y BIEN" HERMANOS PAZ Y BIEN SI DE MOMENTO ESTAN SOMETIDOS A DIVERSAS PRUEBAS PORQUE ESO PRODUCE PACIENCIA. Y LA PACIENCIA ES LA CIENCIA DE LA PAZ.
HAY MUCHOS CIENTÍFICOS, PERO POCOS SE DEDICAN A LA CIENCIA DE LA PAZ. POR ESO EL MUNDO ESTÁ COMO ESTÁ. EN ESTE PEQUEÑÍSIMO PÁRRAFO YA PODEMOS CONCLUIR QUE, SI TODO EL MUNDO VIVIERA CON ALEGRÍA LAS PRUEBAS, EL MUNDO ENTERO YA HUBIERA ADQUIRIDO LA CIENCIA DE LA PAZ, POR CONSIGUIENTE VIVIRIAMOS EN PAZ.
DICE SANTIAGO QUE LA ALEGRIA DEBE SER PROFUNDA Y SIEMPRE CANTAMOS QUE "NO PUEDE ESTAR TRISTE EL CORAZÓN QUE ALABA A CRISTO", POR NINGÚN MOTIVO PUEDE ESTALO, DE EHCHO LA MISMA ALABANZA YA ES ALEGRÍA. Y SOMOS UN PUEBLO DE ALABANZA, ENTONCES... PROFUNDAMENTE ALEGRE, AÚN EN LA TORMENTA... PROFUNDAMENTE ALEGRES PORQUE ESTAMOS GENERANDO PACIENCIA Y AL GENERAR PACIENCIA SOMOS CIENTÍFICOS DE PAZ.
LA PRUEBA PRODUCE PACIENCIA Y LA PACIENCIA DEBE IR ACOMPAÑADA DE OBRAS PERFECTAS A FIN DE LLEGAR A LA PERFECCIÓN, SIN QUE LES FALTE NADA... DIOS MIO!! ESTE SANTIAGO!!!
DE PARTE DE DIOS HABLARON LOS HOMBRES Y EL SEÑOR HA HABLADO HOY, NOS QUIERE SANTOS Y CON PACIENCIA DEBEMOS IR DESPRENDIÉNDONOS DE TODO AQUELLO QUE NO LE DA GLORIA. MUCHAS CRUCES SE HACEN PESADAS PORQUE SUPONEN DESPRENDIMIENTO, CUANTO MÁS NOS AFERRAMOS MÁS PESAN, CUANDO ENTREGAMOS SE ALIVIANAN. OBRAS PERFECTAS: VOLUNTAD DE DIOS. POR ESO SIGUE DICIENDO: QUE AL QUE LE FALTE SABIDURÍA, SIMPLEMENTE "QUE LA PIDA", PERO QUE NO ANDE CON TITUBEOS, O QUE LA PIDA CON FE O QUE DIRECTAMENTE NO LA PIDA. ASI DEBE SER NUESTRA CONFIANZA EN EL SEÑOR "FE CARISMÁTICA", Y EL SEÑOR RESPONDERÁ.
NO SE REFIERE A QUE EL SEÑOR HARÁ LO QUE SE NOS OCURRA, SE REFIERE A LA SABIDURÍA. OJO CON ESTO, NO INTERPRETEMOS COMO NOS CONVIENE ( CANSADA DE ESCUCHAR QUE NO NOS SANAMOS PORQUE NOS FALTA FE). PIDAMOS SABIDURÍA PARA DISCERNIR CUÁL ES LA VOLUNTAD DE DIOS, LO QUE LE AGRADA, LO PERFECTO, LO QUE EL QUIERE DE NOSOTROS, ASI CRECEREMOS EN PACIENCIA Y ESTAREMOS PROFUNDAMENTE ALEGRES. ES DECIR, ALCANZAREMOS EL PREMIO QUE TIENE PROMETIDO A LOS QUE LO AMAN: ¡¡¡¡SEREMOS FELICES!!!

martes, 14 de julio de 2009

SAN PASCUAL BAILÓN

Le pusieron por nombre Pascual, por haber nacido el día de Pascua (del año 1540). Nació en Torre Hermosa, Aragón, España. Es el patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna. Desde los 7 años hasta los 24, por 17 años fue pastor de ovejas. Después por 28 será hermano religioso, franciscano.

Su más grande amor durante toda la vida fue la Sagrada Eucaristía. Decía el dueño de la finca en el cual trabajaba como pastor, que el mejor regalo que le podía ofrecer al niño Pascual era permitirle asistir algún día entre semana a la Santa Misa. Desde los campos donde cuidaba las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y de vez en cuando se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento, desde esas lejanías. En esos tiempos se acostumbraba que al elevar la Hostia el sacerdote en la Misa, se diera un toque de campanas. Cuando el pastorcito Pascual oía la campana, se arrodillaba allá en su campo, mirando hacia el templo y adoraba a Jesucristo presente en la Santa Hostia.Un día otros pastores le oyeron gritar: “¡Ahí viene!, ¡allí está!”. Y cayó de rodillas. Después dijo que había visto a Jesús presente en la Santa Hostia.

De niño siendo pastor, ya hacía sus mortificaciones. Por ej. la de andar descalzo por caminos llenos de piedras y espinas. Y cuando alguna de las ovejas se pasaba al potrero del vecino le pagaba al otro, con los escasos dineros que le pagaban de sueldo, el pasto que la oveja se había comido.

A los 24 años pidió ser admitido como hermano religioso entre los franciscanos. Al principio le negaron la aceptación por su poca instrucción, pues apenas había aprendido a leer. Y el único libro que leía era el devocionario, el cual llevaba siempre mientras pastoreaba sus ovejas y allí le encantaba leer especialmente las oraciones a Jesús Sacramentado y a la Sma. Virgen.

Como religioso franciscano sus oficios fueron siempre los más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero. Pero su gran especialidad fue siempre un amor inmenso a Jesús en la Santa Hostia, en la Eucaristía. Durante el día, cualquier rato que tuviera libre lo empleaba para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz adorando a Jesús Sacramentado. Por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor.

Ayudaba cada día el mayor número de misas que le era posible y trataba de demostrar de cuantas maneras le fuera posible su gran amor a Jesús y a María. Un día un humilde religioso se asomó por la ventana y vio a Pascual danzando ante un cuadro de la Sma. Virgen y diciéndole: “Señora: no puedo ofrecerte grandes cualidades, porque no las tengo, pero te ofrezco mi danza campesina en tu honor”. Pocos minutos después el religioso aquel se encontró con el santo y lo vio tan lleno de alegría en el rostro como nunca antes lo había visto así. Cuando los padres oyeron esto, unos se rieron, otros se pusieron muy serios, pero nadie comentó nada.

Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento y el sabio Arzobispo San Luis de Rivera al leerlas exclamó admirado: “Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes”.

Sus superiores lo enviaron a Francia a llevar un mensaje. Tenía que atravesar caminos llenos de protestantes. Un día un hereje le preguntó: “¿Dónde está Dios?”. Y él respondió: “Dios está en el cielo”, y el otro se fue. Pero enseguida el santo fraile se puso a pensar: “¡Oh, me perdí la ocasión de haber muerto mártir por Nuestro Señor! Si le hubiera dicho que Dios está en la Santa Hostia en la Eucaristía me habrían matado y sería mártir. Pero no fui digno de ese honor”. Llegado a Francia, descalzo, con una túnica vieja y remendada, lo rodeó un grupo de protestantes y lo desafiaron a que les probara que Jesús sí está en la Eucaristía. Y Pascual que no había hecho estudios y apenas si sabía leer y escribir, habló de tal manera bien de la presencia de Jesús en la Eucaristía, que los demás no fueron capaces de contestarle. Lo único que hicieron fue apedrearlo. Y él sintió lo que dice la S. Biblia que sintieron los apóstoles cuando los golpearon por declararse amigos de Jesús: “Una gran alegría por tener el honor de sufrir por proclamarse fiel seguidor de Jesús”.

Lo primero que hacía al llegar a algún pueblo era dirigirse al templo y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús Sacramentado.

Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, entonces sí se sentía inspirado por el Espíritu Santo y hablaba muy hermosamente. Había recibido de Dios ese don especial: el de un inmenso amor por Jesús Sacramentado.

Siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía estarse un rato orando ante el Sagrario del altar.

Pascual nació en la Pascua de Pentecostés de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés. Pascua significa: paso de la esclavitud a la libertad). Y parece que el regalo de Pentecostés que el Espíritu Santo le concedió fue su inmenso y constante amor por Jesús en la Eucaristía.

Cuando estaba moribundo, en aquel día de Pentecostés, oyó una campana y preguntó: “¿De qué se trata?”. “Es que están en la elevación en la Santa Misa”. “¡Ah que hermoso momento!”, y quedó muerto plácidamente.

Después durante su funeral, tenían el ataúd descubierto, y en el momento de la elevación de la Santa Hostia en la misa, los presentes vieron con admiración que abría y cerraba por dos veces sus ojos. Hasta su cadáver quería adorar a Cristo en la Eucaristía. Los que lo querían ver eran tantos, que su cadáver lo tuvieron expuesto a la veneración del público por tres días seguidos.

Por 200 años muchísimas personas, al acercarse a la tumba de San Pascual oyeron unos misteriosos golpecitos. Nadie supo explicar el porqué pero todos estaban convencidos de que eran señales de que este hombre tan sencillo fue un gran santo. Y los milagros que hizo después de su muerte, fueron tantos, que el Papa lo declaró santo en 1690.

El Sumo Pontífice nombró a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos y de la Adoración Nocturna.

COMPARTO CON USTEDES ESTA HERMOSA ORACIÓN: Querido San Pascual: consíguenos del buen Dios un inmenso amor por la Sagrada Eucaristía, un fervor muy grande en nuestras frecuentes visitas al Santísimo y una grande estimación por la Santa Misa. Amén

SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

Un joven estudiante, por su desesperada salud, ha de abandonar el seminario donde se prepara para el sacerdocio. Agonizante en la casa paterna, exclama angustiado: -¡Dios mío, concédeme la dicha de celebrar al menos una Misa, una sola Misa! Le contestan los que rodean su lecho: Pero, si tocan las campanas de la iglesia porque te traen los Últimos Sacramentos. Y el enfermo —como la gente se reunía en la iglesia mientras se llevaba el Viático al moribundo—, exclama con enorme fe: -¡Tanto mejor! Están muchos rezando por mí. Jesús me bendice. Ya verán cómo me pongo bueno. Curó de aquella enfermedad, y, ya sacerdote, fue un gran apóstol de la Eucaristía. Es San Pedro Julián Eymard.
Este Santo francés fue prevenido por Dios, desde su infancia, por un instinto divino hacia el Santísimo Sacramento. Su hermana Mariana, excelente muchacha, regresaba a casa después de comulgar, y Pedro Julián, niño muy pequeño, se le acercaba, se le ponía al lado, se apretaba junto a ella, mientras le decía:
- ¡Tú tienes a Jesús! Yo siento a Jesús, que está dentro de ti.
Y un día, cuando Pedro Julián no tenía más que cinco años, se escapa a la iglesia, da su hermana al fin con él, que estaba escondido detrás del altar, subido en una escalera, y con el pecho casi apegado al Sagrario.
- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué te pones así en este lugar?
Y el niño, con gran convicción: -Porque aquí lo escucho mejor. Eymard, santito precoz, empezaba a entendérselas muy bien con Jesús...
Para llegar a ser sacerdote, su máxima ilusión, Pedro Julián ha de vencer la feroz resistencia de su padre, que le tiene preparada la muchacha para un enlace tentador. Pero no se doblega, y al fin logra ascender la gradas del Altar: -¡Ya soy Sacerdote! Ahora, a trabajar por las almas...
Cinco años se pasa como cura de pueblo. Pero un día desaparece de la parroquia. Lo encuentra su hermana Mariana, y le pregunta angustiada: -¿A dónde vas? ¿No te puedes quedar conmigo un día solo, sólo un día? Y Pedro Julián: -¡No! Dios me llama hoy, ¡hoy! Mañana a lo mejor será tarde.
Los feligreses dan con el paradero del fugitivo entre los Maristas de Marsella, y se presentan amenazantes ante el Obispo:
- ¡Sáquelo de ese convento en que se ha metido! ¡Queremos que regrese con nosotros! Cura como éste no hemos tenido nunca!...
Pedro Julián no cede. Ha tenido la suerte de conocer y tratar como amigos a grandes figuras de la Iglesia: el Cura de Ars, San Juan Bautista Vianney; el Obispo y misionero soñador San Eugenio Mazenod; el Padre Colin, Fundador de los Padres Maristas; la Señorita Jaricot, fundadora de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe... Y se dice: -Yo, ¡como ellos!... Ingresa en los Padres Maristas, y durante diecisiete años es director de colegio, superior de la comunidad, encargado de la Tercera Orden de María. Todo un santo y un apóstol.
En los hechos revolucionarios de 1848, se mete en un grupo de facinerosos para calmarlos. Pero ellos encienden a la gente, que empieza a gritar, mientras arrastran al sacerdote hacia el río: -¡Este cura al Ródano, este cura al Ródano! Sin embargo, un revolucionario se planta frente todos: -¡Este cura, no! Este cura no va al río. Éste es de los nuestros, y ha hecho mucho bien a la ciudad. Cambian todos de parecer, y se forma una manifestación triunfal, mientras llevan al cura a su convento: -¡Viva el Padre Eymard!...
Pero el apostolado en Francia no era lo que él quería: -¿Y las misiones de Oceanía?... Soñaba en ellas, aunque Dios tenía otros designios. Sube al santuario de la Virgen, y oye la voz misteriosa: -Pedro Julián, todos los misterios de mi Hijo tienen una Congregación Religiosa que los honre; tan sólo la Eucaristía, el principal de todos, no la tiene. Ante la voz tan clara de la Virgen María, saca la única conclusión valedera y que va a cambiar su vida:
-¡Pues, la tiene que tener!
Aconsejado y debidamente autorizado, deja a los Maristas, y sale para dedicarse de lleno a la propagación de la devoción a la Eucaristía, por medio de dos congregaciones religiosas, de hombres y de mujeres.
Su ideal es claro, repetido de mil maneras, mientras señala el Sagrario a todos: -¡Jesús está ahí! Luego, ¡todos con Él! Y hace suyas las palabras de Pablo, pero algo modificadas y completadas: -No predicar sino a Jesucristo, y Jesucristo Sacramentado. ¿Por qué? Porque la Eucaristía es el “memorial”, el recuerdo vivo de la pasión y muerte de Jesucristo, un memorial que contiene en persona al mismo Jesucristo del Calvario, ahora glorificado en el Cielo y presente en la Tierra.
Así de claro en su mente, Eymard despliega su bandera: -¡Es preciso que el Santísimo Sacramento cubra el mundo! Y da como consigna a los Padres Sacramentinos, a las Religiosas y a todos sus colaboradores: -Nuestra labor consiste en hacer conocer, amar, adorar y servir a Jesucristo en su augusto Sacramento.
La primera casa con que cuenta es horrible. Le desaconsejan que se meta en ella: -¡Se van a enfermar todos! Y Pedro Julián, ardiendo en amor al Señor: -¿Hay un Sagrario? Pues, tengo bastante.
Dios le hace encontrarse también providencialmente con otro gran apóstol de la Eucaristía: la Señorita Tamisier, iniciadora de los Congresos Eucarísticos Internacionales. Con ellos, más que con otro medio alguno, se cumpliría la ilusión de Eymard, que podríamos cifrar en estas palabras:
- Los hombres —los obreros en especial— se alejan de la Iglesia porque no conocen a Cristo. Por lo mismo, ¡a sacar del Sagrario a Jesús! A exhibirlo, mostrarlo y presentarlo como el único capaz de resolver todos los problemas personales y sociales.
Así piensa hasta su muerte, ocurrida el 1 de Agosto de 1868.
Este fue San Pedro Julián Eymard. El de un mensaje tan actual para la Iglesia. Un mensaje que no pasa, que no pasará nunca de moda...

MUCHO TENEMOS EN COMÚN CON ESTE GRAN SANTO... CRISTO EUCARISTÍA ES NUESTRO ESTANDARTE, NUESTRO CENTRO, NUESTRO "TODO"... SIN ÉL ¡¡¡¿QUÉ SERÍA DE NOSOTROS?!!!
PIDAMOS A ESTE SANTO QUE NUESTRA DEVOCIÓN CREZCA Y SEAMOS FERVORASAMENTE EUCARÍSTICOS. AMÉN.

Santa Clara y su devoción EUCARÍSTICA

Clara de Asís se revela también como una auténtica intérprete y copia fiel del padre san Francisco. En sus escritos faltan enseñanzas de especial importancia sobre el misterio eucarístico, pero su vida, según los testimonios de los le estuvieron cerca, fue la lección incomparable de su conciencia de la centralidad de la eucaristía, de su fe luminosa y de su amor apasionado por el sacramento del altar: las mismas características de Francisco.
En el proceso de canonización sus hijas compiten en recordar su gran fe y conmoción mezclada de temor, cuando se acercaba a la mesa eucarística. "Y dijo que dicha madonna Clara se confesaba muchas veces, y recibía a menudo el santo sacramento del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, mientras temblaba toda ella, cuando lo recibía" (Proc 2, 11); "y, de manera especial, derramaba muchas lágrimas cuando recibía el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo" (Proc 3, 7).
Mientras en los escritos de san Francisco y en los distintos testimonios se habla de cuerpo y de la sangre, a propósito de Clara no se hace referencia a la sangre, confirmando tal vez la desaparición de la comunión con el cáliz, debido al desarrollo de la devoción a la hostia. La referencia a la confesión, motivada por el deseo de purificación y por la conciencia de la propia indignidad, está en línea con la recomendación de san Francisco y con el uso, en vías de desarrollo, de la confesión frecuente (cf. LsCl 42; Proc 3, 24).
En Clara reaparece con una nota de ternura típicamente femenina la misma devoción de Francisco por la eucaristía, incluido el interés por los objetos de culto: "Los hechos demuestran lo intenso que fue el amor devoto de santa Clara hacia el sacramento del altar. Porque en la grave enfermedad que la obligó a guardar cama se hacía levantar y sujetar por detrás con apoyos; y, sentada, hilaba tejidos delicadísimos. De ellos sacó más de cincuenta pares de corporales, que enviaba, guardados en bolsas de seda o de púrpura, a varias iglesias por la llanura y los montes de Asís. Y, cuando iba a recibir el cuerpo del Señor, primero derramaba cálidas lágrimas y, acercándose luego con temblor, al que se esconde en el sacramento, no menos que al soberano del cielo y de la tierra" (Leyenda de santa Clara 28).
En la Regla de santa Clara se establece la comunión siete veces al año (RsC 3). La norma, aparentemente limitadora, es un notable paso adelante, una amplia concesión, si se considera en el contexto de la época.
A diferencia con san Francisco, cuya devoción eucarística, siempre nítida y robusta, es inmune a cualquier elemento milagroso, a santa Clara se le atribuyen dos prodigios, no diferentes de los ya conocidos por los escritos de medidos del siglo XIII. El primero se refiere a la visión de un niño sobre la cabeza de Clara, mientras comulgaba: "La testigo vio sobre la cabeza de la citada madre santa Clara un esplendor muy grande, y le pareció que el cuerpo del Señor fuese un niño pequeño y muy hermoso" (Proc 89, 10).
El otro, narrado en repetidas ocasiones, se refiere en cambio a la oración de Clara delante del sacramento, para alejar a los sarracenos del asedio al monasterio y a la ciudad de Asís, que también se desarrolló luego en la tradición iconográfica, según la cual ella habría mostrado la pixis con la hostia para bloquear a los enemigos. Mientras algunas testigos hablan de la simple intercesión de Clara (Proc 2, 20; 3, 18; 4, 24; 10, 9; 12, 8), una de ellas refiere, en cambio, que la santa "se hizo poner delante una cajita donde estaba el santo sacramento del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Y echándose en oración, tendida en el suelo, oró con lágrimas..." (Proc 9, 2).
Si en ambos relatos se atribuye el prodigio a la intercesión de la santa, en el segundo destaca la fe adoradora de Clara de un modo (postración ante el sacramento) que indica el progreso y la difusión del culto eucarístico en el mismo monasterio de San Damián. El episodio revela probablemente una costumbre de la santa, que se incluye con su gran fe en el movimiento devocional de la época.

San Francisco y su devoción EUCARÍSTICA

San Francisco ha sido el primero en traducir a la práctica cotidiana lo que proponía de palabra y por escrito. Es más, se puede decir que su enseñanza no era fruto de elaboraciones teóricas, sino que brotaba de una profunda convicción interior y de una experiencia diaria. Hay, en efecto, plena correspondencia entre los aspectos doctrinales y los comportamientos concretos, narrados por sus discípulos. En esto se basa una peculiaridad del espíritu de san Francisco transmitido a sus hijos, como aparece en la tradición franciscana: acompañar a la palabra el testimonio de vida, enseñar también con el ejemplo
Tomás de Celano nos ofrece un sugestivo retrato de la devoción de san Francisco en todos sus aspectos: “Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su cara condescendencia y su condescendiente caridad (147). Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también en los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón. Por esto amaba a Francia, por ser devota del cuerpo del Señor; y deseaba morir allí, por la reverencia en que tenían el sagrado misterio. Quiso a veces enviar por el mundo hermanos que llevasen copones preciosos, con el fin de que allí donde vieran que estaba colocado con indecencia lo que es el precio de la redención, lo reservaran en el lugar más escogido. Quería que se tuvieran en mucha veneración las manos del sacerdote, a las cuales se ha concedido el poder tan divino de realizarlo. Decía con frecuencia: «Si me sucediere encontrarme al mismo tiempo con algún santo que viene del cielo y con un sacerdote pobrecillo, me adelantaría a presentar mis respetos al presbítero y correría a besarle las manos, y diría: "¡Oye, San Lorenzo, espera!, porque las manos de éste tocan al Verbo de vida y poseen algo que está por encima de lo humano" (2Cel 201).
Se observen los distintos elementos que se citan: admirado estupor frente al misterio eucarístico, expresión de benevolencia divina; participación diaria en la misa; comunión frecuente, ofrecimiento de sí mismo y ensimismamiento con el sacrificio de Cristo, hasta convertirse en altar viviente; amor y simpatía por Francia, es decir, aquella región de Valonia correspondiente a la provincia de Bélgica, donde, según los especialistas, se estaba desarrollando un intenso movimiento eucarístico que llevará a la institución de la fiesta del Corpus Christi; envío de los frailes para abastecer a las iglesias de vasos preciosos donde guardar decorosamente el sacramento; respeto a los sacerdotes por causa de su ministerio eucarístico. La eucaristía, durante y después de la celebración, en su realidad salvadora como en las personas, en los objetos y lugares que la rodean, es objeto de una única mirada de fe viva, de amor intenso, de veneración sincera. Nada le falta al cuatro trazado con tanta finura
Todos los demás testimonios que tenemos forman un coro unánime y confirman o subrayan los trazos delineados. Eco fiel de las de Celano son las palabras de san Buenaventura: “Su amor al sacramento del cuerpo del Señor era un fuego que abrasaba todo su ser, sumergiéndose en sumo estupor al contemplar tal condescendencia amorosa y un amor tan condescendiente. Comulgaba frecuentemente y con tal devoción, que contagiaba su fervor a los demás, y al degustar la suavidad del Cordero inmaculado, era muchas veces, como ebrio de espíritu, arrebatado en éxtasis” (LM 9, 2).
De sus exhortaciones a la escucha “fervorosa” de la misa, de la adoración “devota”, del cuerpo del Señor, del honor “especial” hacia los sacerdotes hablan los 3 Compañeros (14), y en Anónimo de Perusa (8); su atención a la custodia eucarística y el respeto a los sacerdotes los recuerda la Leyenda de Perusa (80); de su deseo e interés en participar en la eucaristía hacen mención también la Leyenda de perusa (17) y el Espejo de Perfección (87); de su amor por la limpieza de las iglesias y los altares, así como de “todos los objetos que sirven para la celebración de los divinos misterios”, también la Leyenda de Perusa (18), etc.
Otro aspecto que merece la atención es su amor especial por la escucha de la palabra evangélica, tanto durante como después de la misa, o sea la valorización de la palabra de Dios y su resonancia en la vida. En la nota añadida por fray León al Breviario de san Francisco se lee: “También hizo escribir este Evangeliario y cuando, por la enfermedad u otro impedimento manifiesto, no podía oír la misa, se hacía leer el texto evangélico correspondiente a la misa del día. Y así continuó hasta su muerte. Él lo explicaba así: Cuando no oigo la misa, adoro el cuerpo de Cristo en la oración con los ojos de la mente, del mismo moco como cuando lo contemplo durante la celebración eucarística. Oído o leído el testo evangélico, el bienaventurado Francisco, por su profunda reverencia al Señor, besaba siempre el libro del Evangelio”.
Idéntico testimonio se encuentra en la Leyenda de Perusa (50): “El bienaventurado Francisco, en efecto, cuando no podía acudir a la misa, quería oír el evangelio del día antes de la comida” (cf. también Espejo de Perfección, 117). Este hecho demuestra no sólo la coherencia con que enseñaba acerca de la veneración de las palabras y el cuerpo del Señor - la relación, diríamos hoy, entre palabra y rito, entre liturgia de la palabra y liturgia eucarística, entre la mesa de la palabra y la mesa del cuerpo de Cristo -, sino que la razón por él esgrimida explica también suficientemente el lugar que la misa ocupa en su jornada: mientras escucha la palabra del Evangelio, él adora interiormente el cuerpo de Cristo, se adhiere espiritualmente al ritmo de la celebración eucarística de cada día, superando todo impedimento material y yendo más allá del hecho ritual.
La palabra del Evangelio escuchada en la misa provocaba en la conciencia de Francisco una respuesta inmediata y total como lo confirma el episodio relativo a su vocación: “cuando en cierta ocasión asistía devotamente a una misa que se celebraba en memoria de los apóstoles, se leyó aquel evangelio en que Cristo, al enviar a sus discípulos a predicar, les traza la forma evangélica de vida que habían de observar, esto es, que no posean oro o plata, ni tengan dinero en los cintos, que no lleven alforja para el camino, ni usen dos túnicas ni calzado, ni se provean tampoco de bastón. Tan pronto como oyó estas palabras y comprendió su alcance, el enamorado de la pobreza evangélica se esforzó por grabarlas en su memoria, y lleno de indecible alegría exclamó: «Esto es lo que quiero, esto lo que de todo corazón ansío” (Leyenda mayor 3, 1).
Los 3 Compañeros (25) detallan que el santo comprendió “esto más claro por la explicación del sacerdote”. El episodio, que recuerda a otro parecido de san Antonio abad, es muy significativo, precisamente porque nos da a conocer el “lugar de nacimiento” de la vocación de Francisco, la celebración eucarística, y arroja plena luz sobre los sentimientos interiores de intensa participación del santo en el misterio de la palabra y el cuerpo de Cristo.
Por último, no podemos ignorar lo que escribe en el Testamento, a propósito de su visita a las iglesias y de la oración que solía recitar: "Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía así, sencillamente: "Y el Señor me dio una fe tal en las iglesias, que oraba y decía así sencillamente: Te adoramos, Señor Jesucristo, (aquí y) también en todas tus iglesias que hay en el mundo entero y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo".
Si bien esta oración no hace referencia explícita a la Eucaristía, su contenido y, sobre todo, su situación local (en la iglesia), además de la interpretación y el uso sucesivo de la misma en la orden, no permiten dudar del carácter eucarístico de la oración. Cada vez que es visitada o vista a lo lejos, es una invitación a la oración de adoración y bendición a Cristo, cuyo cuerpo está presente y se conserva en el sacramento. La fe del santo supera los límites de cualquier iglesia, y alcanza con libertad a Cristo en los signos externos de su presencia, uniendo en la oración la adoración y la alabanza, la eucaristía y la cruz.
La base litúrgica de la oración -una antífona del oficio de la fiesta de la Santa Cruz- nada quita al sello origina que le imprime la devoción de Francisco. Cuánto amaba Francisco esta oración y deseaba que la recitaran los frailes, lo refieren la Primera vida de Celano (45), la Leyenda mayor (4,3), y los 3 Compañeros (37). Este último texto, hablando de los hermanos fieles a las admoniciones el santo, anota que "Cuando se encontraban alguna iglesia o cruz, se inclinaban para orar y decían devotamente: "TE ADORAMOS CRISTO, AQUI Y EN TODAS LAS IGLESIAS QUE HAY EN EL MUNDO ENTERO, PORQUE CON TU SANTA CRUZ REDIMISTE AL MUNDO"
Por tanto, la oración no está sujeta a las visitas a una iglesia ni mucho menos a la naciente forma devocional de la visita al Santísimo. Este extremo no debe sorprendernos, pues demuestra, más bien, que san Francisco no sigue las nuevas formas de devoción, sino que permanece anclado en la fe adoradora, en la actitud de oración, en su sobriedad y sustancia, más que en sus formas externas. Sale a flote una vez más su equilibrio e interioridad, el deseo de encontrarse con su Señor allá donde haya un signo que recuerde la cruz o la eucaristía.

COMPARTO CON USTEDES HERMANOS ESTO, QUE NOSOTRAS CONSAGRADAS, TAMBIÉN REZAMOS CADA DÍA EN LA LITURGIA Y EN CADA IGLESIA Y EN CADA SAGRARIO: "TE ADORAMOS SEÑOR JESUCRISTO, AQUÍ Y EN TODAS TUS IGLESIAS QUE HAY EN EL MUNDO ENTERO, Y TE BENDECIMOS, PORQUE CON TU SANTA CRUZ, REDIMISTE AL MUNDO"

jueves, 6 de noviembre de 2008

María, Madre de la Comunidad

Trayendo a la memoria el glorioso día de Pentecostés, no podemos dejar de recordar a María Santísima. María, la Madre de Dios, unida en oración e implorando la venida de su Santísimo Esposo sobre esa comunidad naciente. Como en aquella época, María sabe muy bien, lo que todos sus hijos necesitamos. Ella sabe, porque escuchó atentamente a su Hijo, Jesús, que sin el Espíritu de Dios, nada podemos hacer. Ella sabe que el ser humano sin el auxilio que viene de lo alto será incapaz de seguir las huellas de su Hijo, Jesús. Por eso María, la Omnipotencia suplicante, en primer lugar pide insistentemente al Señor que derrame su Espíritu sobre cada uno de nosotros. Ella pide un Pentecostés personal, un reavivamiento espiritual. ella sabe que la única forma de que Cristo se geste, se forme, se haga realidad en la vida de los cristianos es por el poder y la fuerza del Espíritu Santo, su Esposo.
Mirando a la LLena de Gracia, podemos ver la obra maravillosa del Espíritu Santo. Mirando a María podemos ver la obra acabada del poder santificador del Espíritu Santo. Ella, la Llena de Dios, nos muestra lo que Dios puede hacer si lo dejamos obrar, nos muestra la obra perfecta del poder de Dios.
María es el reflejo de la vida Divina derramada en abundancia en un corazón generoso, ella nos muestra lo que es verdaderamente vivir en la Gracia de Dios.
Y, como en Pentecostés, aún hoy ella sigue al lado nuestro, al lado de los seguidores de Cristo, al lado de los elegidos de Dios, al lado de sus hijos.
Y junto a ella podemos vivir un verdadero Pentecostés, que no será distinto al que sucedió cincuenta días después de pascua, sino que será identico y con los mismos frutos y prodigios.
Unidos a ella podemos vivir una verdadera comunidad pentecostal. Recordemos lo que sucedió en Pentecostés en la vida de los apóstoles, fue un antes y un después. La valentía y la sabiduría de Pedro, el arriesgarse, la audacia, la locura de todos ellos que llegaron felices al martirio por Cristo, no es otra cosa que el poder del Espíritu Santo.
Y la vida de la primera comunidad comienza a relatarse tal cual es luego de pentecostés, antes de Pentecostés era el grupo de los seguidores de Cristo, luego de Pentecostés es la Comunidad Cristiana. Una sola alma, un solo corazón. La comunión de bienes. La vida fraterna. Y María con ellos. No puedo imaginarme, ni debemos imaginarnos una vida comunitaria sin María y mucho menos una vida verdaderamente pentecostal sin la esposa del Espíritu Santo.
Toda vida familiar necesita de la figura materna, la figura materna que es signo de unidad. Y María, la Madre de la comunidad, es nuestro signo de unidad, nuestro lazo de unidad, nuestro vínculo de fraternidad. Hermanos en Cristo y en María. Donde está Jesús está su Madre.
La comunidad de Alabanza es Cristocéntrica ¿Cómo no vivir una espiritualida profundamente mariana? Donde está Cristo está su Madre.
Entonces María, Madre de la comunidad, Madre de la Iglesia, es la poderosa intercesora para que nuestra comunidad arda en el fuego santificador del Espíritu Santo.
Pidámosle en este, su mes, que nos alcance esta gracia tan esperada por nuestros corazones.

Palabras dirigidas por el Santo Padre, Benedicto XVI a los Miembros de la Fraternidad Católica

Eminencias, venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, queridos hermanos y hermanas:
Con mucho gusto les doy mi más cordial bienvenida y las gracias por esta visita con motivo del II Encuentro Internacional de Obispos que acompañan a las nuevas Comunidades de la Renovación Carismática Católica, del Consejo Internacional de la Fraternidad Católica de Comunidades y Asociaciones Carismáticas de Alianza y, por último, de la XIII Conferencia Internacional, convocada en Asís, sobre el tema "Nosotros predicamos a un Cristo crucificado..., fuerza de Dios y sabiduría de Dios" (1 Cor. 1,23-24), en la que participan las principales Comunidades de la Renovación Carismática en el mundo.
Los saludo, queridos hermanos en el Episcopado, así como a todos los que trabajan al servicio de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades. Dirijo un saludo especial al profesor Matteo Calissi, Presidente de la Fraternidad Católica, que ha manifestado vuestros sentimientos.
Como ya he afirmado en otras circunstancias, los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, florecidos después del Concilio Vaticano II, constituyen un don singular del Señor y un recurso precioso para la vida de la Iglesia. Deben ser acogidos con confianza y valorados en sus diferentes contribuciones que han de ponerse al servicio de la utilidad común de manera ordenada y fecunda. Es de gran interés actual vuestra reflexión sobre el carácter central de Cristo en la predicación, así como sobre la importancia de "los carismas en la vida de la Iglesia particular", haciendo referencia a la teología paulina, al Nuevo Testamento y a la experiencia de la Renovación Carismática. Lo que vemos en el Nuevo Testamento sobre los carismas, que surgieron como signos visibles de la venida del Espíritu Santo, no es un acontecimiento histórico del pasado, sino una realidad siempre viva: el mismo Espíritu, alma de la Iglesia, actúa en ella en toda época, y sus intervenciones, misteriosas y eficaces, se manifiestan en nuestro tiempo de manera providencial. Los movimientos y nuevas comunidades son como irrupciones del Espíritu Santo en la Iglesia y en la sociedad contemporánea. Entonces podemos decir adecuadamente que uno de los elementos y de los aspectos positivos de las comunidades de la Renovación Carismática Católica es precisamente la importancia que en ellas tienen los carismas y los dones del Espíritu Santo y su mérito consiste en haberlo recordado a la Iglesia su actualidad.
El Concilio Vaticano II, en varios documentos, hace referencia a los movimientos y a las nuevas comunidades eclesiales, especialmente en la constitución dogmática Lumen gentium, donde dice: "Los carismas, tanto los extraordinarios como los más sencillos y comunes, por el hecho de que son muy conformes y útiles a las necesidades de la Iglesia, hay que recibirlos con agradecimiento y consuelo" (n. 12). Después, también el Catecismo de la Iglesia Católica ha subrayado el valor y la importancia de los nuevos carismas en la Iglesia, cuya autenticidad es garantizada por la disponibilidad a someterse al discernimiento de la autoridad eclesiástica (Cf. n. 2003). Precisamente por el hecho de que somos testigos de un prometedor florecimiento de movimientos y comunidades eclesiales es importante que los pastores ejerzan con ellos un discernimiento prudente, sabio y benevolente.
Deseo de corazón que se intensifique el diálogo entre pastores y movimientos eclesiales a todos los niveles: en las parroquias, en las diócesis y con la Sede Apostólica. Sé que se están estudiando formas oportunas para dar reconocimiento pontificio a los nuevos movimientos y comunidades eclesiales y ya muchos lo han recibido. Los pastores, especialmente los obispos, en el deber de discernimiento que les compete, no pueden desconocer este dato --el reconocimiento o la erección de asociaciones internacionales por parte de la Santa Sede para la Iglesia universal
Queridos hermanos y hermanas: entre estas nuevas realidades eclesiales reconocidas por la Santa Sede se encuentra también vuestra Fraternidad Católica Internacional de Comunidades y Asociaciones Carismáticas de Alianza, asociación internacional de fieles, que desempeña una misión específica en el seno de la Renovación Carismática Católica (Cf. Decreto del Consejo Pontificio para los Laicos, 30 de noviembre de 1990, prot. 1585/S-6//B-SO). Uno de sus objetivos, según las indicaciones de mi venerado predecesor Juan Pablo II, consiste en salvaguardar la identidad católica de las comunidades carismáticas y alentarlas a mantener un cercano lazo con los obispos y con el romano pontífice.
He sabido, además, con complacencia que se propone constituir un centro de formación permanente para los miembros y responsables de las comunidades carismáticas. Esto permitirá a la Fraternidad Católica desempeñar mejor su propia misión eclesial orientada a la evangelización, a la liturgia, a la adoración, al ecumenismo, a la familia, a los jóvenes y a las vocaciones de especial consagración; misión que se verá favorecida por el cambio de la sede internacional de la asociación a Roma, con la posibilidad de estar en un contacto más cercano con el Consejo Pontificio para los Laicos.
Queridos hermanos y hermanas: la salvaguarda de la fidelidad a la identidad católica y del carácter eclesial por parte de cada una de vuestras comunidades os permitirá ofrecer por doquier un testimonio vivo y operante del profundo misterio de la Iglesia. Y esto promoverá la capacidad de las diferentes comunidades para atraer a nuevos miembros.
Encomiendo los trabajos de vuestros respectivos congresos a la protección de María, Madre de las Iglesia, templo vivo del Espíritu Santo, y a la intercesión de los santos Francisco y Clara de Asís, ejemplos de santidad y de renovación espiritual, mientras os imparto de corazón a todos vosotros y a vuestras comunidades una especial bendición apostólica.
SANTO PADRE, BENEDICTO XVI
Amor, amor, amor, amor… hermanos míos, Dios es amor… “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él”. Permanecer en Dios, hacer a Dios presente, vivir en la presencia de Dios amando… AMANDO…
Gozo perfecto, a la medida de Dios. Gusto por la unidad y en la unidad. “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu”. Y el Espíritu es amor, Amor del padre y Amor del Hijo. Amor de comunión, amor de Una sola alma y un solo corazón… Comunidad de alabanza…
Alegría de compartir, de encontrarnos. Disfrutar del inmenso don de los hermanos. “Queridos míos, si Dios nos amó tanto, 11 también nosotros debemos amarnos los unos a los otros”. Dios nos amó tanto y ¿Cuánto amamos a Dios en los hermanos? ¿Cuál es nuestro Tanto…?
Paz, quietud, reposo, confianza… el hermano sostenido, soportado por el hermano…”El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?”. La expresión concreta de amor a Dios es concretamente el amar a los hermanos y amar a Dios en cada uno de ellos.
Es FRATERNIDAD. Crecimiento en el cumplimiento del Mandamiento más importante. Amor… Por sobre todas las cosas y personas, Amor santo, porque es amor de Dios. “Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano”. ALIANZA NUEVA Y ETERNA. Alianza que cada uno de nosotros nos hemos animado a vivir… ¡¡¡HAGÁMOSLO Y SEAMOS SANTOS!!!

sábado, 13 de septiembre de 2008

LECTIO DIVINA

LECTURA. ¿Qué dice el texto?
La LECTURA atenta y pausada de la Palabra escrita del Señor, es la base y el corazón de la Lectio Divina. Sin un conocimiento claro y preciso del texto, será imposible realizar los siguientes pasos de la metodología. La LECTURA es determinante para todo el método, pues si no se conoce lo que dice y transmite el pasaje, si no se entiende lo que dice la Escritura, es imposible hacer la meditación o la contemplación, como tampoco ver el actuar, aquello que se debe poner en práctica. Para una recta interpretación es determinante una lectura atenta, detenida y creyente del texto.
Una LECTURA de fe, con espíritu de discípulo, con corazón abierto y disponible, buscando conocer y profundizar aquello que el Señor nos transmite es la base para cualquier reflexión bíblica. Para nosotros que creemos, nuestro acercamiento al texto es la de un creyente y un discípulo, donde más allá de hacer un estudio detallado del texto, de conocer su estructura interna, el contexto donde fue generado, la actitud ante el texto de la Escritura es una actitud de fe, buscando conocer el mensaje que transmite para hacerlo vida y asimilarse al Señor Jesús, de ahí, que nuestra lectura no es neutra, sino la de un creyente, que encuentra en ella una revelación del Señor y una propuesta de vida.
Actitudes y disposiciones para la lectura:
Hacerla desde la Biblia y con la Biblia. Si no se tiene el texto escrito de la Biblia, será simplemente imposible hacer la Lectio Divina. De ahí que el primer paso es poseer una traducción fiel y actualizada de la Sagrada Escritura que posibilite conocer fielmente el texto original y no quedarse en interpretaciones y menos en adaptaciones, que muchas veces son manipulaciones del texto.
Tener el corazón abierto y disponible para escuchar al Señor. La lectura es una experiencia de encuentro con el Señor que nos habla por medio de su Palabra escrita, que nosotros lo debemos escuchar con atención, pues es nuestro Dios el que nos está hablando.
Riesgo o cuidado para la LECTURA: El riesgo de la LECTURA es presuponer que ya se conoce el pasaje, que ya se lo ha escuchado, cayendo en la rutina, haciendo una lectura superficial, sin prestar atención a cada palabra que está escrita, que en sí es siempre nueva. De ahí, la importancia de hacer lectura conciente, sabiendo que aquello que se está leyendo es Palabra de Dios.

MEDITACIÓN. ¿qué nos dice el texto?
La MEDITACIÓN es adentrarse en el texto, es profundizarlo, no quedarse en la información recibida en la lectura, sino ir más allá, haciendo una relectura atenta, viendo el sentido del pasaje, buscando el mensaje que transmite, actualizando ese mensaje a nuestra realidad personal, comunitaria y social.
La MEDITACIÓN es ir más allá de lo que se ha escuchado en la lectura, es buscar la riqueza que encierra, es descubrir el mensaje actual, vivo y comprometedor que el Señor nos transmite por medio de su Palabra que es siempre viva y eficaz, que es más tajante que espada de doble filo (Heb 4,12).
La MEDITACIÓN es una experiencia de escuchar al Señor que se manifiesta y que se comunica por medio de la experiencia de los demás del grupo. Es abrirse a la acción de Dios no solo en su Palabra, que es siempre eficaz, sino que también se lo busca encontrar y escuchar en cada persona que participa de la reunión, sabiendo que el Espíritu Santo actúa en todos y en cada uno de nosotros.
Sabiendo que el Señor actúa y se manifiesta, como, cuando y en quien quiere, es fundamental dar espacio para que cada uno del grupo pueda compartir lo que esa Palabra le dice, dar a conocer la riqueza que ha encontrado en ella, dando a conocer lo que el Señor le inspira y le dice. Esto es una oportunidad de ver como el Señor actúa de manera única y personal en cada uno del grupo a partir de un texto que es común para todos.
La Lectio Divina, no es una oración donde se busque ponerse todos de acuerdo sobre un punto, es simplemente compartir aquello que el Señor va inspirando por medio de su Palabra, de ahí que en la MEDITACIÓN puede haber diversas opiniones, que se deben respetar, en ciertos casos aclarar o definir cosas que no corresponden a la verdad del texto, pero en general, no es necesario ponerse de acuerdo en lo que se está compartiendo, es simplemente transmitir y dar a conocer con sencillez y humildad lo que se descubre en el texto y como el Señor inspira y toca a cada uno con esa lectura. El compartir tampoco debe llevar al debate ni a la discusión, ¡no!, es sólo comunicar lo que cada uno ve y descubre en el texto con una actitud de fe.
La MEDITACIÓN parte del texto, es sobre el texto, y es a partir del texto, para compartir lo que se ve, se descubre, se conoce, se siente del texto de la Escritura. Es imprescindible que el punto de referencia sea única y exclusivamente el texto de la Escritura. Ahí no es el momento para hacer comentarios paralelos sobre otros temas, sino que todo debe girar en torno a la Escritura.
El espíritu y el clima de la MEDITACIÓN debe ser la participación y el mutuo enriquecimiento, es un buscar en grupo lo que el Señor nos transmite por medio de su Palabra.
Riesgo en la MEDITACIÓN: Un riesgo siempre actual es querer manipular la Palabra, hacerla decir lo que uno quiere oír o lo que le interesa, tergiversando el sentido propio y original del texto. Es ahí, donde la comunidad o el grupo manifiestA el sentir de la Iglesia, dando a conocer aquello que hace parte de la propia fe que se desprende de una lectura fiel de la Palabra. Por otro lado existe el riego de que una o dos personas monopolicen y acaparen la reunión, haciendo de ella no una oración sino una charla o una clase. En esos casos el animador del grupo está obligado a dar la palabra a otros. En la MEDITACIÓN debe primar el sentido común, la caridad y la solidaridad, dando espacio para que todos participen y haya un mutuo enriquecimiento.

ORACIÓN. ¿qué le digo al Señor sobre…?
Este paso de la ORACIÓN puede resultar innecesario, pues uno dirá, ¿acaso que la lectura, no es oración?, ¿acaso que la meditación y la reflexión, no es oración?, ¿y la contemplación…?, naturalmente que todo es oración, y todo es medio para el encuentro con el Señor, pero se coloca este paso que se le llama ORACIÓN, buscando que esa palabra que fue leída y conocida en la LECTURA, que fue profundizada y reflexionada en la MEDITACIÓN, que sirvió de medio para el encuentro de corazón a corazón con el Señor en la CONTEMPLACIÓN, ahora se pretende iluminar nuestra vida personal o comunitaria a la luz de esa Palabra pidiendo la gracia para vivirla, o agradeciendo por el don que ella significa, o alabando al Señor por lo que ha implicado su revelación o su persona.
La ORACIÓN es un recurso que se propone para que a partir de la Palabra se aplique el mensaje que ella transmite a nuestra realidad, buscando identificarnos con el mensaje que transmite y comunica.
Como toda oración y todo encuentro, en sí no hay reglas ni normas fijas. En este paso de la ORACIÓN cada uno, a partir del texto leído, meditado y contemplado le pide, o le agradece al Señor por lo que crea más conveniente. Es actualizar esa Palabra en nuestra vida actual.
Riesgo: Es el divague, es no aplicar la Palabra a la propia vida, a la familia o a la comunidad. El peligro de la ORACIÓN es hacer oraciones tan generales y sobre cualquier cosa, que se aplicarían muy bien a cualquier texto. En cambio aquí lo que se busca es que ese texto reflexionado diga algo a la realidad que estamos viviendo.

CONTEMPLACIÓN. ¿qué me hace decirle al Señor?
La CONTEMPLACIÓN es en sí misma la oración más profunda y personal. Allí ya no entra solo el saber y el conocer cosas de la Biblia, sino que es el encuentro personal y directo con el Señor. Ahí ya no cuenta la información que se posea, sino cómo se utiliza todo eso que se sabe de Dios, ya no para hablar del Señor sino CON Él.
Si en toda la Lectio Divina no existe una regla fija, sino que son pasos abiertos en busca del Señor por medio de su Palabra, en la CONTEMPLACIÓN esto es la norma. Pues aquí uno se está metiendo en el mundo de Dios, donde no existen reglas, sino donde todo es gracia y don.
En la CONTEMPLACIÓN se parte del texto que se leyó y se meditó, todo aquello que se ha dicho, que se ha escuchado, que se ha conocido ahora sirve de medio para hablarle al Señor de corazón a corazón. La CONTEMPLACIÓN es buscar que la experiencia que ha tenido el escritor sagrado al comunicarnos el texto revelado que eso se actualice en uno mismo a partir de lo que fue conocido. Es conocer vivencialmente al Señor no solo intelectualmente, sino adentrandose en el corazón de Dios, buscando conocer aquello que se conoce y se intuye a partir del texto.
La CONTEMPLACIÓN es anticipo de la eternidad, pues según Jn 17, 3 “…la vida eterna es que te conozcan a ti, Padre eterno y a tu enviado…”. Es esto lo que se busca en la contemplación conocer en profundidad a Aquel que da sentido a todo lo que creemos, a nuestro Dios, que es Uno y Trino. En este sentido el texto nos da pistas, pero el profundizarlos, eso depende de la correspondencia y de la apertura de cada uno al Señor, que sale a nuestro encuentro y quiere que lo conozcamos, para esto nos da los medios y la gracia para conocerlo.
Para la CONTEMPLACIÓN no es suficiente ser inteligente, sino que se necesita ser una persona con sed de Dios, con ganas de conocerlo y amarlo, de buscarlo y encontrarlo. De ahí que la CONTEMPLACIÓN lleve a ese encuentro personal y dialogal con el Señor, es adentrarse en el texto llegando al corazón del Señor.
CÓMO hacer la CONTEMPLACIÓN.
- En sí todos tenemos el texto escrito, podemos conocer el contexto donde fue escrito, la situación que generó dicho texto escrito, la finalidad del escritor sagrado, la forma como lo transmitió, pero todo esto puede ser simple información sino se consigue trascender toda esa información, haciéndola vida.
- CENTRARSE EN JESÚS. Nuestro interés básico y fundamental es conocer al Señor Jesús, lo que hace, lo que dice, lo que siente, cómo actúa y su manera de relacionarse con el Padre y con la gente. Es por esto, que después de reflexionar sobre el pasaje, debemos parar y mirar al Señor Jesús, buscar fijarse solo en Él. Ver lo que el texto dice sobre lo que hizo o dijo. Si el texto menciona algún detalle, jerarquizarlo. Pero centrarse en Él y mirarlo fijamente, acompañarlo si va caminando, escucharlo de cerca y buscar fijarse en sus ojos para ver su corazón.
- VISUALIZAR. En la meditación entra la razón y la inteligencia, en la CONTEMPLACIÓN, la imaginación y la sensibilidad a lo espiritual. Queriendo conocer al Señor, detenerse, utilizar todos los recursos que se disponga para visualizar el pasaje que se está reflexionando. Ver los detalles, situarse en el momento y en el cuándo se realiza. Ser uno más de los que están con el Señor, colocarse uno a su lado, mirarlo, verlo, escucharlo, prestar atención a sus palabras. Mirarle al Señor, fijarse en sus ojos, dejar que Él nos mire a cada uno de nosotros, quedarse en el silencio de una mirada penetrante que llega hasta lo más hondo del ser de uno mismo.
- diálogo. Estando en esa situación mutua mirada, siendo inundados por el amor que el Señor da, buscar el diálogo con Él, el coloquio de corazón a corazón. A partir de aquello que fue dicho, que eso sirva para ir más allá del texto, ser capaces de interrogar y conocer al Señor, preguntarle sobre lo que siente, el porqué hace lo que hace o dice lo que dice. Compartir con Él lo que uno siente ante esa situación, lo que piensa de lo que Él dijo o hizo y que eso genere el diálogo con Él, hablarle, contarle, preguntarle, pero a su vez darle tiempo para que Él responda y se dé a conocer, y allí está la oración del silencio, del escuchar, del prestar atención, de oír al Señor en lo más profundo del corazón, donde solamente lo pueden oír los que lo quieren oír, pues Él habla en el fondo del alma y su voz es clara para aquellos que tienen el corazón abierto. A esto se le llama

ACCIÓN ¿qué va a cambiar…?
Siempre es bueno recordar que la Palabra del Señor no es solo para ser conocida, sino que ella debe ser hecha vida (Mt 7,21), y debe ser el fundamento de nuestras actitudes y de nuestros gestos (Mt 7,24-27), porque son bienaventurados: “…lo que escuchan la Palabra y la ponen en práctica…” (Lc 11,28). Esto es el fundamento del quinto paso de la Lectio Divina, el ACTUAR, el vivir, el hacer vida aquello que fue reflexionado y rezado.
Si de verdad hubo encuentro de corazón a corazón con el Señor, no se puede seguir siendo el mismo, algo debe cambiar, de alguna manera se debe vislumbrar aquello que fue conocido.
La Palabra del Señor es una propuesta de vida, es un estilo de vida, una manera de vivir la vida, pero no es información, sino Buena Nueva, ella es para ser asumida y vivida. De ahí la necesidad de iluminar la propia vida con esa Palabra y ver de qué manera uno se está identificando y asumiendo ese estilo de vida. Es en este sentido donde el Actuar es un mirarse a uno mismo y sincerarse a sí mismo, viendo dónde uno está parado y a la luz de eso ver qué se puede hacer para hacer vida ese proyecto que el Señor nos deja en su Palabra.
El ACTUAR es un mirarse a uno mismo, es buscar las actitudes y la manera de vivir el mensaje que se ha encontrado y que es propuesta para mi, hoy, aquí y ahora.
Riesgo: El riesgo en el ACTUAR es que las personas no apliquen el texto a su vida, sino que lo apliquen a la vida de los demás, dando recetas para todos, menos para sí mismas. A su vez es bueno recordar que en el mundo de la vida espiritual todo es gracia y don, y ahí es el Señor quien actúa y se manifiesta y que nosotros apenas somos receptores de su amor, siendo así tener cuidado para no caer en un voluntarismo e individualismo obsesivo, donde uno dice: voy a hacer y lo voy a hacer, porque yo quiero… Eso no, en cambio, sí es importante escuchar aquello que el Señor está iluminando e inspirando por medio de su Palabra, escuchar y ver su voluntad por medio del texto que se está reflexionando

LECTIO DIVINA

ACTITUD
La Palabra no es magia, no es automática. El hecho de utilizar unos pasos que en sí son medios para el encuentro con el Señor, no significa ni garantiza un encuentro vital. Es verdad, que ella es siempre eficaz, pero no es automática, no es algo mecánico, sino que requiere una disposición, es imprescindible una apertura y una docilidad a la acción del Señor en uno por medio de su Palabra. Siempre va a requerir una respuesta a la manifestación y a la acción de Dios en nuestra vida.
La Lectio Divina y en sí la lectura de la Sagrada Escritura es un adentrarse en el mundo de la gracia, en el mundo de Dios, donde todo es don, donde todo es gratuidad, donde todo es manifestación del Señor, donde nada es debido, sino que todo es expresión de amor.
El encuentro con el Señor por medio de su Palabra es algo vital, es algo renovador y transformador, es acción directa del Espíritu Santo por medio del texto escrito, pero es fundamental una respuesta a esa manifestación, que requiere una correspondencia, al amor preferencial del Señor que se revela por medio de su Palabra. Si de verdad hay encuentro con el Señor nunca, de ninguna manera uno puede salir siendo la misma persona. Eso no, sino que el encuentro lleva a la transformación y esta transformación es respuesta y docilidad a la acción del Señor en uno mismo.
La Lectio Divina es una metodología que busca profundizar el texto bíblico en vista a la vida, que trasciende lo escrito para adentrarse en el mundo de Dios que está como base de toda la Escritura. En sí es una experiencia espiritual con la Biblia haciendo que ella sea Palabra viva de Dios para cada uno de nosotros, por medio de la oración.
Es un modo de asumir la espiritualidad, es tener la Biblia como elemento básico de toda la vida, es hacer de la Palabra escrita el alimento diario para la fe. Es buscar al Señor por medio de la Palabra que se revela en ella, para encontrarlo vivo y presente en el hoy, aquí y ahora.
La Palabra escrita en la Escritura es un medio para el conocimiento y el encuentro con el Señor, de ahí que ella es fuente de vida espiritual tanto personal como comunitaria. En la medida que cada uno tenga familiaridad con la Palabra que se acostumbre a leerla personalmente, a rezarla y a utilizarla como medio para el encuentro vivencial con el Señor, el encuentro comunitario será mucho más rico y profundo, pues será un compartir las experiencias y las riquezas del encuentro con el Señor, a partir de la Palabra.
La Lectio Divina no es simplemente pasos para conocer la Biblia, sino un medio privilegiado para conocer existencial y vivencialmente la Palabra, para hacer de la Escritura el alimento y la vitalidad para la vida de fe.

PASOS
La Lectio Divina busca profundizar el texto de la Biblia por medio de cinco pasos que son consecutivos y concadenados, pues uno está en relación al otro y el anterior da elementos al posterior, llevando a un conocimiento gradual del texto, teniendo diferentes acercamientos al texto escrito, buscando el mensaje que transmite y la actualidad que tiene para nuestra vida, queriendo así hacer vida la propuesta que nos presenta el Señor por medio de su Palabra escrita. De ahí que los pasos de la Lectio Divina son medios que partiendo del texto se busca iluminar y transformar la vida.
Con la Lectio Divina se busca el encuentro personal y vivencial con el Señor, para esto se parte del texto escrito, pero la meta lo es lo escrito, sino Aquel que suscitó la Escritura y que motivó al escritor sagrado a comunicarlo. Esto es gracia y don del Señor, de ahí la necesidad de acercarse al texto de la Biblia con el corazón abierto y disponible para escuchar al Señor y que de esa escucha surja el encuentro vivo y actual con Él, que siempre está presente y es el que nos motiva a conocerlo y amarlo por medio de su Palabra.
En la Lectio Divina se siguen cinco pasos, que son momentos de oración y de búsqueda del Señor, como son: LECTURA. MEDITACIÓN. ORACIÓN. CONTEMPLACIÓN. ACCIÓN. Estos pasos son medios y no fin, de ahí que se los debe seguir como ayudas, pero no ser rígidos en su utilización, esto todo depende de la situación. Como criterio para seguir los pasos, es el ENCUENTRO con el Señor. Siendo así es de considerar que una es la actitud en la oración personal, donde estos pasos se relativizan y se flexibilizan, pues se los utiliza en la medida que ayuden y favorezcan ese encuentro con el Señor. En la oración individual uno debe detenerse en el momento en el que el Señor haya iluminado o inspirado, es ahí donde se debe profundizar y dejarse conducir por el Espíritu; habiendo sentido la presencia o la acción del Señor en uno, ya no es necesario hacer todos los pasos, es simplemente deleitarse de la Palabra o de la inspiración del Señor y quedarse en su presencia siendo transformado por la presencia y la acción del Señor.
En cambio, cuando se realiza la Lectio Divina en grupos, allí es recomendado y aconsejable realizar todos los pasos, para ir formando la mentalidad y el corazón de los participantes, para que partiendo del texto, del compartir las inspiraciones que el Señor suscita y enriquecerse con la sabiduría de la Palabra, que eso ilumine la propia vida y cuestione la manera como se está viviendo, en vista a manifestar con actitudes y gestos concretos aquello que fue reflexionado, rezado y contemplado.
Es de insistir, los pasos, son medios, como también toda la Lectio Divina es medio y no fin, lo mismo que la Biblia en sí misma, ella no es fin, sino medio para el conocimiento de la revelación y de la manifestación del Señor.

APRENDIENDO LECTIO DIVINA

¿Qué es?
La Lectio Divina más que un método de lectura y oración de la Biblia, es una experiencia de Dios, porque a partir del conocimiento del texto escrito, se busca la experiencia fundante que está como base de toda la revelación. En sí todo texto escrito es fruto de una experiencia vivencial del escritor sagrado que ha vivido y experimentado él o el pueblo, una experiencia de encuentro y conocimiento de Dios que lo ha marcado y ha tenido la capacidad de transmitir aquello que ha sido determinante en su vida o en el de la comunidad como ser el descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos en la revelación explícita. Este hecho que ha sido impactante y que lo ha llevado a conocer al Señor que lo ha tocado y marcado, lo ha puesto por escrito. De ahí, que el texto en sí mismo es una experiencia de Dios, en la que el creyente al acercarse al texto escrito debería hacer su propia experiencia de Dios, partiendo del texto revelado, buscar el encuentro vivencial con el Señor.
La Lectio Divina más que un método de lectura de la Biblia es una EXPERIENCIA DE ENCUENTRO CON EL SEÑOR, pues, la dinámica interna de los pasos que sugiere no se agotan en el texto en sí, sino que lo transciende, haciendo que partiendo del texto escrito en la Biblia se busque el encuentro personal con el Señor. De ahí, que la Lectio Divina es una instancia para una experiencia espiritual, buscando rehacer y retomar la experiencia original del escritor sagrado actualizándola en la propia vida.
Este proceso de búsqueda del Señor es una experiencia mística, donde no entra únicamente lo intelectual, sino que es una experiencia de Dios en el hoy, aquí y ahora. De nada sirve conocer lo que han sentido y vivido otros personajes si uno mismo no es capaz de hacer esa experiencia. Es esto lo que posibilita y facilita la Lectio Divina, pues por medio de una lectura gradual del texto se va profundizando y adentrando en el mensaje que transmite buscando al Señor que se da a conocer por medio de esa revelación. Es por eso que la Lectio Divina no es simplemente un método de lectura, que se limita y agota en el texto escrito, sino que partiendo del texto de la Escritura favorece la búsqueda del Señor, siendo Él el sentido de toda la lectura y de la búsqueda del Señor.
La Lectio Divina como medio para la experiencia de Dios a partir de la Escritura, no se agota en el texto escrito, en sí, eso no es el fin del método, sino que partiendo del texto se busca al Señor, para encontrarlo vivo y presente en su Palabra escrita, para reconocerlo en su palabra viva en la vida de cada día. Y de este encuentro con el Señor, que siempre es un encuentro vivo y actual, que siempre es novedoso, que siempre tiene facetas y modos diferentes y únicos, se llega a la vida, que es el lugar donde se cataliza y se visualiza toda experiencia de Dios. Es en el actuar, en la cotidianeidad del día a día, donde aquello que fue rezado se debe manifestar.
Es por esto que la Lectio Divina, si bien trabaja el texto escrito, lo profundiza, lo reflexiona, lo reza, siempre tiene la perspectiva de la vida, siempre busca aplicar esa palabra al día a día, a hacer vida aquello que fue conocido por medio de la Escritura. Para los cristianos el texto bíblico no es meta en sí misma, no buscamos apenas conocer cosas de la Biblia para repetirlos mecánicamente, sino que la finalidad y la meta de la revelación es la adhesión consciente, libre y amorosa a Aquel que se nos ha revelado en las Escrituras. Es por esto, que decimos que la Lectio Divina nos introduce a una experiencia de Encuentro con Señor por medio de pasos que van profundizando el texto bíblico. Pues es sabido que lo fundamental no es saber cosas de la Biblia, sino vivirlas y hacerlas actitudes y gestos concretos, actualizando la vida y el proyecto del Señor Jesús.
Decimos que la Lectio Divina favorece en encuentro con el Señor, ya que la metodología no se limita ni se agota en tratar el texto en sí mismo, buscando conocer su situación, su estructura, su gramática, ni su teología. Todo esto sí se tiene en cuenta, y son la base para cualquier reflexión bíblica, de hecho, estos aspectos son considerados en la LECTURA y la MEDITACION. En la medida que se tenga información sobre el texto, será de mayor utilidad a la hora de buscar aplicar este pasaje a la propia vida, evitando así una manipulación del mensaje que nos transmite el pasaje bíblico. Pero la Lectio Divina tiene todavía otros pasos que llevan a que todo el conocimiento que se pueda tener de las Escrituras sean un medio para llegar al Señor, ya que la finalidad de toda nuestra fe es el encuentro vivencial con el Señor. De ahí, que después de haber conocido el texto bíblico por medio de la lectura y la meditación de dicho pasaje, se pasa a la ORACIÓN Pues, una vez que uno haya tenido esa experiencia de encuentro con el Señor, que lo haya conocido, que se haya buscado el conocimiento íntimo del Señor, viendo, reflexionando, conociendo sus actitudes, su manera de ser, sus sentimientos y habernos colocado delante de Él para mirarnos a la luz de su Palabra, en la oración, uno coloca todo lo que se está viviendo en sus manos, pidiendo su ayuda y su gracia para iluminar y dar sentido a toda a la vida a la luz de la Palabra del Señor. De allí se busca el encuentro vital, personal, transformador con el Señor, por medio de la CONTEMPLACIÓN. Y esto es el punto alto, la cima y el culmen de toda la Lectio Divina. Es aquí donde uno se mete en el mundo de Dios, donde ya no hay reglas, ni estrategias, ni metodologías, donde simplemente se vive la experiencia de la gratuidad del Señor, que se da a conocer y que busca el encuentro con nosotros. Y esto es el mundo de la gracia de Dios, donde nada es debido y todo es don y gratuidad.
De este encuentro con el Señor, se desprenden el paso siguiente, la ACCIÓN. Esto es como una consecuencia natural, donde el texto ya no es fin en sí mismo, sino que eso busca iluminar la propia vida, de ahí que se pretende asumir la propuesta hecha en las Escrituras, haciéndola vida en nuestro hoy, aquí y ahora, sabiendo que el texto sagrado no es información, sino que ella es una buena nueva, que la debemos hacer vida, para tener la vida que solamente el Señor nos la puede dar.
Esta dinámica que parte del texto y que busca reflejarla en la vida, viviendo la propuesta de vida que el Señor hace a través de las Escrituras, es la motivación y el espíritu de la Lectio Divina, es decir, buscar conocer, amar y seguir al Señor, imitándolo y viviendo su estilo de vida.
La Lectio Divina propone un método centrado en la Palabra escrita, pero cuya finalidad básica y fundamental es el Señor. Jesús como centro y sentido pleno de toda la Escritura es al que se busca, es a Él a quien se quiere conocer, es a Él a quien se quiere imitar y seguir, buscando adquirir “…la ciencia suprema de suprema de Jesucristo…” (Flp 3,8).
Este conocimiento vivencial y existencial de la Escritura pretende y apunta a crear discípulos, aprendices del evangelio, personas que enamoradas del Señor, busquen identificarse con la propuesta y el estilo de vida del Señor Jesús. De ahí que se busca conocer para imitar, adherirse para identificarse.

ADORACIÓN

¿Qué es adorar? simple y llanamente es reconocer que Dios es Dios. Que Dios es Dios y eso es lo que verdaderamente importa. Que Dios es Dios y lo es en mi vida, en mi historia, en todo lo que soy y en todo lo que poseo. Y en este reconociemiento postrarnos en su presencia, su presencia divina, su presencia poderosa y llena de gloria. Postrados delante de Él proclamar que Él es nuestro dueño que se merece toda la alabanza, la gloria, la vida misma. Proclamar que es el _Señor, el Rey Eterno, el Grande.
Adorar es ver nuestro ser criaturas al lado del Creador y sentirnos amados, mimados, observados por Él. Reconocer que somos nada y sin embargo llenos de la dignidad de hijos de Dios. Adorar es vivir como hijos de este magnífico Padre, dar testimonio de que toda la gloria es para Él.
Adorar no es solo doblar las rodillas, es doblegar el corazón y la voluntad a su Santa Voluntad, es reconocer su grandeza y esplendor, su reinado sobre nuestra vida, reconocer que sin Dios no somos ni podemos nada.
Aadorar es la vida misma, no es solo una forma de oración, podemos decir muchas palabras y esas muchas palabras pueden estar totalmente vacías de adoración. Pero podemos hacer un profundo y prolongado silencio ante su majestad, al callar nuestra humanidad queda al descubierto la verdadera adoración, donde Dios es importante y no nuestras palabras. Por eso, adorar, no es solo decirle al Señor "Te adoro", sino que es vivcr el "te adoro, Dios".
Adorar es optar siempre por la voluntad de Dios, es dar la videa cada instante por Él, cueste lo que cueste, porque temos claro que Él lo merece y que es lo único digno de Él, nuestra decisión y el convencimiento de su presencia, de su existencia, de su amor y de su señoríuo en nuestra vida.
Dios es Dios y eso basta, es el pensamiento y l a experiencia de los santo, y la santidad es adoración. Ser santos es adorar, es reconocer que solo basta que Dios sea Dios y que lo sea en mi vida y que lo sea en la tuya. Hna. Ivana

viernes, 12 de septiembre de 2008

¿QUIÉNES SON FELICES?

Felices, dice el Señor, los que tienen una serie de cualidades especiales. Felices los pacientes, los limpios de corazón, los que luchan por la paz, los que tienen hambre y sed de ser justos... Felices más bien los que se animan a subir a la montaña y sentarse junto a los pies del Maestro.
Jesús comienza el Sermón de la montaña, mirando a la multitud: dice la Palabra "Jesús, al ver la multitud, subió a la montaña, se sentó y comenzó a decirles..." pero también dice: "sus discípulos se sentaron alrededor de Él".
¿Quienes captarán, escucharan, asimilaran mejor lo expresado por el Señor? ¿Los discípulos? o ¿La multitud? Sin lugar a dudas que los discípulos recibirán de manera distinta y especial la proclamación de esta Palabra. Y no solo recibirán la Palabra, sino captarán los gestos, la mirada, la dulzura de la voz, gestos que solo pueden ver y disfrutar los que están cerca.
Hermanos, no podemos aceptar la voluntad de Dios sin aceptar el subir a la montaña y sentarnos alrededor del Maestro. El discípulo aprende en la Escuela de jesús, en ninguna otra. Solo en Jesús está la verdadera enseñanza y no la podemos escuchar solamente como parte de la multitud, necesariamente tenemos que acercarnos, ir a Él, estar cerca para escuchar en detalles.
Por eso que los mensajes de Cristo lo pueden vivir los discípulos, pero aquellos discípulos que se animaron a acercarse, a escucharlo bien de cerca, aquellos que se subieron a la montaña.
La oración es ese subir, subir al encuentro de Dios, ir a sentarse a sus pies, observarlo, no solo escucharlo. La oración es el lugar donde no solo hablamos con Dios, sino que lo escuchamos a Dios. Si la oración no me lleva a escuchar a Dios no es oración, es monólogo, y eso no sirve para la vida espiritual. Mas bien, en mi oración, primero que hable Dios y luego le hablo Yo.
Qué importante sería nuestro caminar en la vida espiritual si cada día nos acercáramos al Señor con esta delicadeza y con esta sed de escucharlo.
El mensaje de las bienaventuranzas, por algo, comienza diciéndonos la actitud del Señor en primer lugar y dándonos el detalle de la ubicación de los discípulos. Y este magnífico sermón, que va del capítulo 5 de Mateo hasta el 7, nos narra la verdad que Cristo vino a revelar. El no abolirá nada, sino que perfeccionará y cumplirá. Y nos dice que no so los que le dicen Señor, Señor, los que se ganarán el Reino, sino aquellos que lo escuchan y ponen en práctica sus enseñanzas. Los verdaderos discípulos son los que hacen la voluntad del Padre y quienes la enseñanan a otros.
Y todo lo que manifiesta el Señor a la multitud, lo manifiesta en primer lugar a sus discípulos que ¿dónde están? a sus pies, escuchándolo de cerca.
Animémosno a acercarnos a Dios, así recibiremos sus enseñanzas de cerca y estaremos capacitados para vivir.
Hna. Ivana

¡Jaire!

¡JAIRE!

¡Jaire, María, llena de gracia! ¡Alégrate, María, llena eres de Gracia! (Lc.1, 28). Es una invitación especial de alegría y a la alegría. Alegría característica de los que viven en Cristo, alegría que es el sello de los redimidos.
Hermanos amadísimos, ¡Jaire! Desde nuestro Bautismo, y en nuestro Bautismo, hemos recibido este hermoso saludo. En el momento sublime, en el cual y por el cual, el Señor limpió nuestra alma de pecado; cuando Él habitó en nuestro interior con su presencia, su amor, la Fe, la Esperanza, la Caridad. Cuando invadió nuestro interior con su vida divina a través de la GRACIA SANTIFICANTE, nos dice a cada uno: Jaire… alégrate… eres lleno de Gracia, eres llena de Gracia.
¿Cómo no vivir en la alegría? Y ¿Cómo no vivir invitando con nuestra vida a la alegría? Todo en nosotros debe decir que estamos alegres. Alegres, más bien, FELICES. Una característica que no puede faltar es la alegría, en la vida comunitaria. Una comunidad triste es una triste comunidad. La alegría del encuentro, la alegría de los hermanos, la alegría del ágape, del compartir, de la puesta en común. La alegría de la comunión, la alegría de la presencia viva y real de Jesucristo en medio nuestro. La alegría de los enamorados, de los que se han dejado seducir por el Amado. La alegría de quienes confían en el Señor y experimentan su fidelidad, la alegría de quienes reposan en Dios y descansan en sus manos. La pregunta que debemos hacernos a cada momento, a cada instante es la siguiente ¿Cómo no estar alegres? O si no lo estoy ¿Por qué me falta la alegría? Y si repasamos la lista anterior encontraremos muchas respuestas y todas serán muy duras: si me falta la alegría puede ser, en primer lugar, porque no tomo conciencia de que Dios vive en mí, y que esa vida de Dios en mi produce sí o sí felicidad, porque Dios es Feliz. Tal vez nunca pienso en la Gracia Santificante, no me detengo a adorar a Dios que vive en mi, a compartir su felicidad, a dejarme alegrar con pensamientos tan altos. O tal vez la falta de alegría puede deberse a que no me siento comunidad, o no me siento hermano, o no comparto, no me abro, no me doy a conocer, no pongo mi vida en común; y ese cerramiento en mí mismo no puede producir otra cosa que tristeza, pesar, incomodidad. O quizás la falta de alegría radique en que todavía no me siento o no estoy enamorado de Jesús, o es un amor muy pobre, muy medido, muy condicionado, muy lejano. Un amor demasiado humano, sin fe. O la razón de la falta de alegría es la poca confianza, o el dejar de reposar en el Señor, o la búsqueda de la felicidad en placeres mundanos, la falta de mirada sobrenatural en los acontecimientos de la vida. O el querer escapar de la cruz, del dolor, del sacrificio. El huir de la voluntad de Dios quita la alegría de pertenecerle. Y así, podríamos seguir con muchas, muchas razones que pueden empañar o quitar la alegría.
Pero el saludo que recibimos en el Bautismo, el ¡Jaire! Que cada uno ha recibido es totalmente personal, actual y duradero, porque cada día el Señor vuelve a llamarnos a la alegría, que no es más ni menos que tomar conciencia de que ¡¡¡LLEVAMOS UNA FIESTA ADENTRO!!! Hna. Ivana

jueves, 11 de septiembre de 2008

DIOS NOS HABLA

¿Cómo nos damos a conocer? A través de la Palabra. La palabra nos da a conocer, revela lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos. Nadie puede saber lo que hay dentro nuestro hasta que lo expresamos. Por eso la palabra es clave en el conocimiento personal. Por la Palabra nos comunicamos y nos damos a conocer.
¿Cómo se revela Dios? ¿Cómo conocemos a Dios? a través de su PALABRA.
Muchas veces habló Dios a su pueblo, de muchas maneras habló, y lo dijo todo y de una sola vez en Cristo Jesús, su Hijo, el Mesías, la Palabra de dios hecha carne, el Verbo de Dios hecho hombre.
Nos hemos acostumbrado a escuchar hablar de Dios, pero poca costumbre tenemos de escuchar a Dios que nos habla.
Ir al encuentro de la Palabra de Dios es o debe ser una necesidad, una urgencia. Una necesidad grande, la misma necesidad de Comer su cuerpo y su Sangre. En la Santa Misa tenemos dos grandes Banquetes, dos grandes Mesas, la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristía. Esto nos hace ver con claridad esa necesidad de alimentarnos de la palabra de dios, de ir a su encuentro, de llenarnos de Él, de escuchar su voz, de conocerlo.
La Santa Biblia no es un simple libro de religión, es el libro de la Palabra de Dios. Es Dios que nos habla. La Palabra de Dios es viva, es eficaz, es poderosa, es la Palabra por la cual fueron hechas todas las cosas. Todo lo que existe fue pronunciado por la Palabra.
Para acercarnos a la Palabra de Dios tenemos que disponernos, sobre todo con mucha fe, acercarnos verdaderamente a escuchar, a escuchar a Dios que habla. Y a Dios que nos habla, ya que esa Palabra se pronuncia para nosotros, para cada uno en especial y personalmente.
La Biblia no es un libro de recetas, es un libro de vida y para la vida.
Es Dios que nos dirige la Palabra para que lo conozcamos. Conocer a Dios es conocer su pensamiento, su voluntad.
Acerquémonos a la voz de Dios con los oídos del corazón bien abiertos y dispuestos a dejarnos enseñar por Dios.

sábado, 6 de septiembre de 2008